jueves, 15 de septiembre de 2011

EL OCASO DE UN SALTIMBANQUI

Rodríguez Zapatero, el neófito que llegó a presidente del gobierno por todo un encadenamiento de casualidades y errores del soberbio Aznar, pasará a la historia, seguramente por unas razones muy alejadas de las que pudo pensar cuando por aquellas carambolas, y apoyos, todo hay que decirlo, de la derecha del partido socialista catalán –Pasqual Maragall–, sino  por ser el que se convirtió en el mercenario  y ejecutor de los grandes depredadores financieros. Jamás ningún político pudo tener una retirada menos honorífica y contraria a lo que, al menos sobre el papel, decía ser, en el ocaso de su carrera, además de forma precipitada y siendo aún joven. 

Es malo creerse dotado del favor de los dioses, como seguramente creyó   aquel 16 de noviembre de 1997 cuando fue elegido como secretario general del PSOE, sin darse cuenta de que había otros mejor situados, y visto el resultado, seguramente mejor preparados. Pero ya se sabe, cuando a alguien le ataca la soberbia, los dioses le empujan al abismo de la ceguera, para que abunden en ella. Y nuestro hombre no se percató en ningún momento, de que lejos de ser el candidato mejor preparado para una tarea titánica, como era pasar de la nada, de diputado anónimo, silencioso y prácticamente desconocido, a candidato a presidente, que requería algo más que un deseo, una pose o un aparente talante que al final  dilapidó, o ni siquiera fue. 


No lo tenía difícil. Y algunos de los barones de su partido jugaron a que se quemara, viéndolas venir, a la espera de mejores oportunidades, que calculaban, como mínimo, aquella legislatura y la siguiente. Pero el zorro Maragall, que encabezaba la delegación del indefinido, pero aparentemente socialista, increíble por sus  actuaciones, PSC de la taifa catalana, muy escorado a la derecha nacionalista, pensó que nunca tendría mejor ocasión que aquella de apoyar y colocar a un candidato con pocas tablas y  manejable como el novato leonés. 


Sabía Maragall que el desconocimiento de la realidad española, y sobre todo su desconocimiento de la verdadera esencia marrullera  y mercantil y reaccionaria del nacionalismo catalán que infectaba e infecta el PSC, le permitiría sacar tajada del él. Así que el maquiavélico ex alcalde olímpico, con vistas al futuro decidió apoyarlo,  porque otra cosa aún no estaba madura. 


Y contra todo pronóstico salió elegido con una diferencia de 9 votos con el fundamentalista, más cercano a la España profunda que a un socialista, ni siquiera de un socialdemócrata, por muy descoloridos y devaluados que estén, José Bono. 


Maragall entonces trabajaba a medio plazo. Estaba convencido de que tenían tiempo para convertirlo en su marioneta más que en su aliado, ofreciéndoles señuelos de apoyos mientras fuera secretario general, contra otros sectores o baronías del PSOE, para que, llegado el momento, asegurarse lo que siempre persiguió  el nacionalista Maragall, la derecha catalana, que en esto todos son parecidos, tengan el nombre que tengan de cara al electorado: pasar la factura en provecho de su casta, no de Cataluña, como suelen decir para vestir el discurso.

Pero desgraciados acontecimientos, como el empecinamiento del belicoso Aznar en ponerse a las órdenes de un desquiciado fundamentalista como Bush, y de los intereses del gran capital de los Estados Unidos, su entrada en la guerra de Iraq como asistente-tonto-útil "para lo que mande el amo yanqui", y el criminal atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid, unido a las mentiras del gobierno del PP, auparon al PNN de la política, a la jefatura del gobierno para  la sorpresa de todos, seguramente él incluido. 

La primera legislatura fue de una inconsciencia absoluta, sin una definición político-ideológica, con  guiños a la izquierda política, al tiempo que consolidaba políticas de derechas. 

Con la venta de su alma al diablo nacionalista Maragall, puso en marcha todo una suerte de acciones insensatas, que era incapaz de controlar, con cada vez más fugas hacia adelante, lo que complicaba su siguiente decisión. 

Pero mal que bien, y sobre todo porque frente a Zapatero había un candidato muy flojo, como el digital Rajoy, se pudo mantener y ganar las elecciones del 2008, negando la situación de crisis, poniendo en marcha toda una serie de medidas contradictorias– como el cheque bebé que beneficiaba a los que tenían más que a los que se suponía debían recibirlo, las rentas más bajas–, dándose la circunstacia de que muchas parejas ricas y hasta millonarias lo percibían mientras otras que no tenían trabajo, o con sueldos muy bajos, no lo hacían. 


Pero el giro copernicano de un supuesto dirigente socialdemócrata lo realizó cuando los buitres de las finanzas, culpables de la crisis financiera le impusieron las medidas  draconianas, que consistía en que los miles de millones defraudados por ellos, los pagaran los ciudadanos, que en ningún momento habían contraído deuda alguna. 


Zapatero, al descubrir las bondades del liberalismo económico de la gran delincuencia financiera, se sentía adulado por estos en las reuniones internacionales, sin darse cuenta de que lo hacían porque se había puesto a sus órdenes y en primer tiempo de saludo  y dispuesto a seguir  decisiones impuestas. Así que la adulación no era  porque en ningún momento lo consideraran de los suyos. 


Se dice en la jerga de ese mundo del hampa financiero, que fue valiente al tomar las medidas impopulares que tomó contra sus propios ciudadanos y contra sus propios votantes en beneficio de los dueños del gran capital. Para cualquier otra persona hubiera supuesto un insulto semejante elogio que le hubiera hecho reflexionar. No se daba cuenta que estaba cavando su tumba política, y lo que aún era peor, la de su partido que perdía los pocos signos de identidad que pudieran quedarle tras el desastre de González, el verdadero conversor del PSOE en un partido al servicio de la derecha con los votos populares de la izquierda.


Porque Zapatero tenía otra alternativa: haber rechazado las imposiciones de los culpables de la crisis, haberse dirigido al país explicándoles la situación, y convocar  un referéndum sobre lo que había que hacer, al tiempo que tomar las medidas para el encarcelamientos de los culpables de la crisis en nuestro país,  nacionalizar los bancos en quiebra por la mala gestión, en lugar de permitirles seguir aumentando sus escandalosos beneficios con dinero público. 


Zapatero pudo, en última instancia haber dimitido, negándose a aceptar las imposiciones de los culpables de las trapacerías y el desastre económico, negarse a obedecer a esos sectores que nadie ha elegido, pero que marcan la agenda de los políticos, y que  convierten a éstos en meros gestores de sus intereses. Pero prefirió aceptar eso que llaman sentido de la responsabilidad del gobernante, cuando no es más que una obediencia ciega contra los principio que se les suponía tenía, en favor de los intereses de la gran banca, y contra los millones de españoles que se convertían en rehenes y víctimas de una decisión para la que los ciudadanos no lo habían votado.


Hoy, ya desahuciado y sin credibilidad, tira la toalla, dejando a su partido, y lo que es peor, a las clases bajas, con una herencia desoladora. Y, como se sabe, cuando los partidos que se denominan de izquierdas hacen políticas de derechas, y en este caso salvajemente de derechas, el resultado es que la gente acaba preferir al original a la copia. La mayor de las veces por la desolación que aplasta a los votantes socialistas, que acaban por refugiarse en el desanimo cuando no el desespero de la abstención. El primer acto lo hemos visto en la elecciones municipales y regionales. Como lo vimos en Cataluña por el empeño de Montilla de imitar a la derecha de CiU olvidándose de quien les había dado el voto, que no fue para que se convirtiera en una mala copia del pujolimo reaccionario, mercantil saqueador.


Zapatero tira la toalla y se va con el mayor desastre que pudo haberse imaginado nadie dentro del PSOE, que en realidad no es más que lo previsible  aquel 16 de noviembre de 1997 en que, contra todo pronóstico fue elegido como secretario general del PSOE, y por ende candidato a la presidencia del gobierno. Pero no contento con la faena, la remata con otro favor a las clases más reaccionarias e insolidarias, poniéndose al servicio de la derecha con un cambio en la Constitución de la manera más reaccionaria posible: negándole a los ciudadanos la propia democracia, con un golpe de mano palaciego de acuerdo con la derecha más cavernícola de Rajoy. Y los dirigentes  de PSOE, por la inercia de la obediencia, no dicen nada sustancial contra semejante atropello, más allá de justificaciones que al final quedan en nada y haciendo  la ola al jefe. Aunque, una vez más, el jefe los haya dejado con el culo al aire.


U. Plaza 

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